¿Alguna vez has sentido que tu propio cuerpo se ha convertido en un lugar del que necesitas escapar? Que te gustaría arrancarte el peso de encima, abrirte el pecho y sacar de una vez todo aquello que llevas meses pudriéndose dentro, pero ni siquiera sabes qué es lo que tendrías que sacar?
¿Has sentido esa rabia absurda de querer estar bien y no poder? De despertarte una mañana y odiar el simple hecho de tener que volver a enfrentarte a ti mismo. De mirarte al espejo y preguntarte en qué momento te convertiste en alguien que necesita tanto esfuerzo para mantenerse en pie.
Porque hay días en los que no te pasa absolutamente nada y, aun así, te pasa todo.
El corazón golpea como si quisiera advertirte de algo. La cabeza no se calla. Los pensamientos se amontonan, se contradicen, te acusan. Y tú, en medio de todo, intentando encontrar una explicación que no existe.
Qué agotador es tener que convivir con una mente que no te da tregua. Que convierte un recuerdo en una condena, una palabra en una herida y un silencio en mil posibilidades de las que ninguna te deja dormir.
Y lo peor es que nadie lo ve.
Nadie ve las veces que has tenido que recomponerte en un baño, las veces que has tragado saliva para no decir lo que realmente te estaba pasando, las veces que has deseado que alguien notara que algo iba mal sin tener que pronunciar una sola palabra.
Porque pedir ayuda también cansa cuando ni siquiera sabes cómo explicar que te estás ahogando en un sitio donde todo el mundo parece respirar con normalidad.
Y empiezas a preguntarte si el problema eres tú.
Si eres demasiado sensible.
Demasiado complicado.
Demasiado difícil de querer.
Si quizás hay algo dentro de ti que nunca termina de estar bien.
Y te odias un poco por pensar así.
Te odias por no poder parar.
Por sentir tanto.
Por necesitar tan poco y, aun así, sentir que nunca es suficiente.
Pero ¿sabes qué es lo verdaderamente triste?
Que puedes llegar a acostumbrarte.
Acostumbrarte a dormir con la cabeza llena.
A levantarte con el pecho vacío.
A fingir que no te importa.
A convertir el dolor en una parte más de tu rutina.
Hasta que un día ya no sabes si estás sobreviviendo a algo o simplemente has aprendido a vivir roto.
Y quizás nadie debería tener que aprender eso.
Quizás nadie debería llegar a un punto en el que estar en paz consigo mismo se convierta en un privilegio.
Quizás lo único que querías desde el principio era descansar.
Descansar de tu cabeza.
De tus miedos.
De tus propias expectativas.
Descansar de tener que ser alguien
cuando ni siquiera sabes
cómo volver a sentirte tú.
¿Qué te ha hecho sentir?
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