Siempre me gustó este sol de octubre
que teme someterse al frío del invierno,
este sol desnudo y plácido,
que llega a mi ventana como un mendigo de oro.
Me gusta el sol de octubre,
cuando pone su beso dorado sobre los tejados, cansado,
como un corazón herido
que aún conserva el sabor del pasado.
Octubre tiene un amor que no quiere irse,
esa fiebre tenue,
ese temblor de última rosa
antes de la nieve.
Sol pequeño, sol de las manos frías,
quédate un poco más en mi pecho,
demórate en mi boca,
mora en el racimo tardío de las uvas,
en el pan que parte el otoño sobre la mesa.
Porque yo también temo al invierno,
por eso te escribo,
y te amo como se aman las cosas que se van:
con toda el alma y con todo el frío por delante.
R. Martell
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