La noche tenía algo de esperpento.
Las farolas parecían cansadas,
las sombras caminaban torcidas
y las ventanas encendidas
guardaban vidas que nadie conocía.
Yo avanzaba por la calle
con mi propia tristeza
haciendo de acompañante.
Había algo ridículo
en todo aquello.
Yo,
intentando comprender el mundo.
El mundo,
sin hacer ningún esfuerzo
por comprenderme a mí.
Entonces me vi reflejada
en un escaparate.
Por un instante
no reconocí mi rostro.
Quizá porque la noche
no devuelve nuestra imagen.
Devuelve
la que escondemos
durante el día.
Y seguí caminando.
Porque incluso
cuando la vida parece
una caricatura de sí misma,
hay que aprender
a atravesarla.
Homenaje a Ramón del Valle-Inclán y a su mirada sobre lo grotesco, lo deformado y lo humano.
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