Una liebre se burlaba cada día de la tortuga por lo despacio que caminaba. Cansada de oírla, la tortuga le propuso una carrera.
La liebre aceptó entre risas. Salió disparada y, al ver a la tortuga tan atrás, decidió echarse una siesta bajo un árbol. Total, le sobraba tiempo.
La tortuga siguió avanzando, paso a paso, sin detenerse nunca. Cuando la liebre despertó, corrió con todas sus fuerzas, pero ya era tarde: la tortuga cruzaba la meta.
Moraleja: la constancia llega más lejos que la prisa, y quien se confía, pierde.
(Versión libre de Universo Cavida)
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