Escribí:
«Te echo de menos.»
Lo miré durante unos segundos.
Después añadí:
«Pero ya no quiero volver.»
Volví a leerlo.
Borré la primera frase.
Me quedé mirando la segunda.
Era verdad.
Y quizá eso fue lo más extraño.
Durante meses había pensado que dejar de querer significaría dejar de echar de menos.
No era así.
Podía echarte de menos y seguir adelante.
Podía recordar tus manos y no querer sentirlas.
Podía pensar en nuestras noches y preferir mis mañanas.
Podía quererte desde lejos.
Y, por primera vez,
eso no me parecía una derrota.
Apagué el teléfono.
No envié el mensaje.
Hay despedidas que no necesitan destinatario.
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