Durante demasiado tiempo
confundí quererme
con conseguir que me quisieran.
Me acostumbré
a medir mi valor
en la forma en que otros
pronunciaban mi nombre.
Si me buscaban,
yo existía.
Si se iban,
yo dudaba de mí.
Hasta que un día
me cansé de perderme
intentando que alguien
decidiera quedarse.
Y empecé a volver.
A mí.
Despacio.
Sin prometerme
que nunca volvería a romperme,
sino que esta vez
no me dejaría sola
si volviera a tropezar con la piedra.
Aprendí que quererme
no era mirarme al espejo
y encontrarme perfecta.
Era mirarme
después de haberlo perdido todo
y decir:
todavía estoy aquí.
Y desde entonces
hay una promesa
que ya no negocio:
puedo perder a cualquiera,
pero no volveré a perderme
por nadie.
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